La Revolución Meiji

Emperador Meiji

Entre los años 1868 y 1912 sucede una transformación en Japón que supondrá la salvaguarda de los valores tradicionales y, al mismo tiempo, una apertura al mundo que se venía haciendo necesaria, o cuanto menos así lo consideraba el emperador Mutsu-Hito, sucesor del emperador Komei tras una breve época de vacío legal y quien designó el nombre de Meiji para su reinado. Meiji significa “luz” y con este apelativo Mutso-Hito quería remarcar el nuevo camino que Japón tomaría bajo su gobierno. Este nuevo camino vendría marcado por la restauración del poder del emperador y una incipiente occidentalización. Esto suponía adoptar los avances de la Revolución Industrial que se estaban desarrollando en toda Europa y además, acabar con el feudalismo. 

Esta revolución modernista incluye el regreso al shintoismo y el culto al emperador como religión oficial. Con su apertura a Europa y el envío de especialistas a varios países, se adoptan también mejoras y novedades procedentes de otros países. Se constituye una Asamblea Consultiva con una legislación básica y también se crea en Ministerio de Interior controlado desde el Estado, todo esto siendo influencia del sistema parlamentario británico. 

En materia social se suprimen los privilegios de clase, se adopta el calendario gregoriano y se imitan códigos penales similares a los de Francia. Respecto a la economía, se crea el yen como moneda única y el Estado controla el gasto público y permite la venta de tierras. La reforma agraria supone el pago en metálico al Estado de los propietarios en base al terreno cosechado, medida que en realidad perjudicó al campesino y benefició a los grandes terratenientes. 

Se crea el Ministerio de Industria con el objetivo de adaptar las innovaciones desarrolladas en Europa y aplicadas a los recursos de Japón: se potencia la industrial textil del algodón y la seda, se desarrollan el armamento y los transportes, se explotan y regulan las minas de oro, plata y carbón y se coloniza Hokkaido, una isla situada al norte del país. 

Por último en 1889 se crea la Carta Otorgada, el documento que realmente cambiaría el rumbo de Japón al proclamar todas las libertades: prensa, expresión, reunión, religión y propiedad privada. Además, se establece un sistema bicameral votado por el 1% de la población aunque el poder imperial se mantiene mediante el derecho de enmienda y la posibilidad de disolver las cámaras, promulgar decretos-leyes, declarar la guerra y la paz y nombrar diputados. 

Todos estos cambios inevitablemente produjeron tensiones en cuanto a política exterior, pues Japón comenzaba a despuntar como una nueva potencia que amenazaba sobre todo a Rusia y a China. Gran Bretaña, sin embargo, decidió firmar con Japón un acuerdo para limitar la extraterritorialidad del país. Tras la guerra chino-japonesa (1894-95) y la guerra ruso-japonesa (1904-05), Japón se erige finalmente como primera potencia en Extremo Oriente. Unos años después, en 1912, muere el emperador Mutso-Hito, quedando tras sí un país en plena expansión política y económica.

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