La Primera Cruzada

Deus vult!” (¡Dios lo quiere!)

Fue el grito que sirvió de respuesta a la llamada que el papa Urbano II hizo en 1095 durante el Concilio de Clermont para emprender una cruzada hacia Tierra Santa y recuperar los territorios ocupados por el infiel musulmán. El clero y la pequeña nobleza (no así la realeza) reaccionaron con fervor religioso dispuestos a tomar las armas contra los turcos, algo que el emperador Alejo I venía solicitando desde algunos años antes. El papa Urbano decidió atender a su petición para tratar de unir de nuevo a Oriente y a Occidente y convertirse en un “papa unificador de la Iglesia”. Tras aceptar emprender esta Primera Cruzada (aunque en aquella época no se usaría este término), se enviaron embajadores a las principales cortes europeas con el objetivo de conseguir apoyo y una vez ya en Clermont, Urbano II prometió recompensas terrenales y también espirituales para todos aquellos que fueran a Tierra Santa: dada su autoridad espiritual, aseguró que se perdonarían los pecados de los que lucharan, lo que encendió a la multitud. Tal fue el éxito de su discurso que aunque trató de prohibir la asistencia a la cruzada de monjes, enfermos y mujeres, no pudo impedirse. Los nobles liquidaron sus bienes para partir y los más empobrecidos simplemente emprendieron la marcha junto a sus familias esperando alcanzar una vida sin tantas privaciones. La labor de predicadores como Pedro el Ermitaño hizo que muchos campesinos y artesanos decidieran formar parte de un ejército que si bien se deseaba que fuera compuesto por soldados, contó entre sus filas también con mujeres y niños.

Fue la situación de pobreza y necesidad de muchos de estos cruzados lo que provocó grandes saqueos y enfrentamientos cuando en 1096 esta marcha alcanzó las tierras de Hungría, pues vieron la ocasión de abastecerse sin tener en cuenta ningún orden ni disciplina. Tras varias luchas contra el ejército húngaro se firmó un tratado por el cual se permitía el paso de los cruzados a cambio de que éstos tuvieran un buen comportamiento. Unas 10.000 personas habían muerto cuando el ejército llegó a Constantinopla, donde de nuevo surgieron enfrentamientos por las diferencias religiosas y culturales y el abastecimiento. El emperador Alejo se encargó de embarcar rápidamente a los cruzados hacia territorio turco para evitar más problemas y una vez allí, a pesar de que se consiguieron victorias iniciales, los cruzados sufrieron graves derrotas a manos del experto ejército turco quien logró vencer a unos soldados sin apenas experiencia militar y mucho menos táctica. Algunos cruzados, sin embargo, no llegaron a tierras turcas pues, interpretando los sermones y predicaciones contra el infiel, decidieron que no era necesario acudir a Oriente cuando en la propia Europa había infieles, los judíos, produciéndose en el norte del continente ataques antisemitas a pesar de que el papa Urbano II rechazó estos comportamientos.

La marcha por Asia Menor fue dura para los cruzados que sin embargo, lograron capturar algunas plazas, entre ellas Antioquía, que fue recuperada después por los turcos en 1101. La escasez, el saqueo y pillaje y los enfrentamientos por el liderazgo hicieron que la expedición sufriera retrasos y quedara estancada durante casi un año. El tifus provocó numerosas bajas y ante el descenso del número de caballos y la negación de los campesinos musulmanes a proveer de comida a las cruzados, se produjeron casos de canibalismo tras el asedio de la ciudad de Ma’arrat al-Numan. Finalmente en 1099 se reemprendió la marcha hacia Jerusalén.

Los cruzados no encontraron demasiada resistencia en este trayecto, pues firmaron acuerdos con ciudades que querían evitar asedios y además, al tener los fatimíes egipcios pretensiones sobre Jerusalén, los árabes favorecieron el ataque de los cruzados a los turcos. Un ejército cristiano de apenas 14.000 soldados se dispuso a atacar las murallas de Jerusalén sin éxito hasta el punto de llegar a hacer una procesión descalzos alrededor de la ciudad, queriendo emular el pasaje bíblico de las murallas de Jericó. Jerusalén cayó finalmente el 15 de julio de 1099 gracias a la aparición del ejército genovés y sus torres de asedio. La ciudad fue tomada tras una enorme matanza en la que fueron asesinados judíos, musulmanes e incluso los pocos cristianos que aún vivían allí.

La Primera Cruzada terminó con un último enfrentamiento con el ejército fatimí en Ascalón y el nombramiento de Godofredo de Buillón como Advocatus Sancti Sepulchri (“Protector del Santo Sepulcro”). Godofredo moriría en 1100, un año después, y entonces su hermano Balduino de Edesa fue coronado como rey de Jerusalén.

 

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