El culto al Emperador

Augusto

Es de sobra sabido que en la antigua Roma, con la llegada de la época imperial y el ascenso al poder de Octavio Augusto, se fue desarrollando un culto hacia el emperador en el que éste era considerado descendiente de alguna divinidad. Los precedentes de este culto los encontramos ya en la República, con Julio César, quien consintió que se levantara una estatua en su honor en el año 44 a.C. Asimismo, Augusto le dedicó un templo en Roma calificándole de “divino Julio”, Divus Julius.

Poco a poco y con cierta timidez, podemos ir viendo como los sucesivos emperadores fueron adoptando estas costumbres. Augusto edificó un templo para sí mismo en Pérgamo y Tiberio, en Esmirna, aunque hemos de aclarar que estos templos no estaban dedicados a ellos en exclusiva sino que los compartían con el Pueblo de Roma, el primero, y con el Senado, el segundo, siempre según los Anales de Tácito.
Calígula rompió la tradición mandando construir numerosos templos y estatuas en su honor pero todas fueron destruidas cuando acabó su mandato. Claudio volvió a la austeridad de Augusto y Tiberio, construyendo sólo un templo, esta vez, en Britania. Es curioso que ninguno de estos emperadores ni sus sucesores realizaron la erección de estos templos en la propia ciudad de Roma, ni siquiera en Italia. Según Dion Casio, en Italia eran adorados simplemente como héroes, en el caso de que hubieran sido buenos gobernantes. Algunos emperadores, como Augusto, Nerón y Adriano, tuvieron también altares propios.
Por lo general, era raro que un emperador se autodenominase dios en vida.; sólo Domiciano se atrevió, causando un gran escándalo. Solían ser deificados a su muerte, por lo tanto, si su sucesor tenía una mínima vinculación con el fallecido, ya se consideraba “hijo de un dios”, y por lo tanto, adquiría cierta divinidad sin resultar demasiado presuntuoso. Hay que especificar que entre el vulgo, era algo a lo que no se daba importancia e incluso en ocasiones se hacían mofas. Incluyo aquí una cita atribuida a Vespasiano en el momento de su muerte:

“Vae… puto deus fio! (“¡Ay de mí, creo que me estoy convirtiendo en dios!”)”

Vespasiano

Hay que aclarar algo importante y es que no debemos imaginar este culto como algo homogéneo realizado por el conjunto de la población. Al principio, se trataba simplemente del conjunto de rituales encaminados a ensalzar la figura del gobernante en cuestión y que consistían en sacrificios a los dioses pidiendo por la salud y la seguridad del emperador. Esto cambió después del mandato de Adriano, cuando el culto al emperador sirvió para descubrir a los cristianos. Se hizo obligatorio hacer una ofrenda de incienso al emperador, a cambio de recibir un certificado mediante el cual podían demostrar su lealtad al Imperio. Obviamente, los cristianos se negaban a hacerlo y era la manera de descubrirlos.

En ocasiones, este culto podía extenderse a la familia imperial y de hecho hay evidencias de varias mujeres que alcanzaron el sobrenombre de augusta, como por ejemplo Drusilla, hermana de Calígula, o Livia, esposa de Augusto, quien incluso dispuso de un templo propio en Ramnunte, Grecia.
Este culto finalizó con el mandato de Constantino I y la implantación del Cristianismo en el Imperio.
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