La Quinta Cruzada

Inocencio III

La bula papal Quia Maior promulgada en 1213 por el papa Inocencio III y posteriormente la Ad Liberandam de 1215 dieron lugar a la convocatoria de una nueva cruzada para recuperar Jerusalén y el resto de Tierra Santa. El mensaje comenzó a divulgarse por Francia pero a causa de la lucha contra los cátaros no fueron muchos los caballeros franceses que acudieron a la llamada. Fue en el IV Concilio de Letrán (1215) donde Inocencio III estableció las bases de la nueva cruzada que esta vez seria dirigida por el Papado para tratar de evitar los errores cometidos en la última. Se decidió que los cruzados debían reunirse en Brindisi en 1216 y se prohibió el comercio con los musulmanes, además de prometer indulgencias no sólo para los que combatieran sino también para aquellos que sufragaran los gastos de un cruzado aunque no lucharan.

El emperador alemán Federico II no pudo unirse por sus desacuerdos con Inocencio III y tras la muerte de éste en 1216, por la prohibición de su sucesor Honorio III. Éste encargó a Andrés II de Hungría y Leopoldo VI de Austria la organización de los cruzados. Andrés II escogió la ruta por mar y pidió créditos a grandes casas italianas, devolviendo también la ciudad croata de Zara a los venecianos para asegurar el transporte de los soldados. Finalmente logró reunir unos 32.000 hombres. Este ejército y el occidental se reunieron en Tierra Santa, aunque el último llegó más tarde al haber participado en la reconquista portuguesa contra los musulmanes en la Península Ibérica.

Al fin y tras varios viajes, el primer consejo de guerra se reunió en Acre, participando Andrés II de Hungría, Leopoldo VI de Austria, Hugo I de Chipre, Bohemundo VI de Antioquía, los tres maestre de la Orden Teutónica y el rey Juan de Jerusalén. Se estableció como objetivo arrebatar las tierras de manos de los musulmanes, en concreto combatiendo a los Ayubitas en Siria. El primer campamento se estableció a las afueras de Riccardana, dedicándose las primeras expediciones a conseguir víveres. En los meses sucesivos, además de apropiarse de un ingente botín, se tomaron varios asentamientos gracias a la pasividad de las fuerzas musulmanas ya que el sultán Al-Ádil subestimó al ejército cristiano y no permitió a su hijo llevar a cabo un ataque.

En 1219 y tras la llegada del ejército alemán, se tomó el puerto egipcio de Damieta, un punto estratégico marítimo. Las disputas entre los cristianos por el control de la ciudad y el nulo apoyo del emperador alemán provocaron un retraso en la campaña que se reanudó en 1221 con la marcha hacia El Cairo. El nuevo sultán, al-Kamil, habría reorganizado sus fuerzas por lo que se produjo una fuerte derrota cristiana que condujo a una rendición. Al-Kamil aceptó un acuerdo de paz de ocho años, por lo que la cruzada resultó inútil ya que no hubo ningún cambio significativo.

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