El Sambenito

Muchas veces oímos la expresión “le han colgado el sambenito” o “ya lleva el sambenito” cuando se habla de alguien a quien se le culpa de algo de forma inmerecida o de alguien que recibe una fama por algo pasado y ya obsoleto. El origen de esta frase lo encontramos en una prenda de vestir de origen medieval consistente en una especie de poncho, una túnica con abertura para la cabeza y los brazos que caía por delante y por detrás y que se decoraba con cruces, llamas o nudos. Esta prenda se llamaba estaba bendecida por un sacerdote y se llamaba “saco bendito”, de donde evolucionó hasta “sambenito” por derivación fonética de San Benito, ya que los monjes benedictinos de la orden de este santo vestían de forma muy similar.

Sambenito expuesto en la Exposición de Instrumentos de Tortura en Toledo.
Sambenito expuesto en la Exposición de Instrumentos de Tortura en Toledo.

Los sambenitos eran los testigos de las herejías e infamias cometidas por quienes lo vestían y de hecho, los símbolos que aparecían en ellos eran los que hacían saber a todo el mundo de qué se acusaba a su portador. El color negro con llamas, serpientes y seres fantásticos anunciaba que esa persona estaba condenada a muerte e iría al infierno. El color amarillo con cruces rojas diagonales decía que la persona había confesado y se arrepentía. Los que además del sambenito llevaban una soga con nudos al cuello eran quienes habían sido condenados a recibir latigazos. En ocasiones, en estos sambenitos podían aparecer los nombres de los sentenciados. Complementando al sambenito, los condenados llevaban una coroza, una especie de capirote donde también se señalaban las faltas de quien lo llevaba.

Aquellos que no eran condenados a muerte estaban obligados a vestir el sambenito para que no se olvidaran sus delitos y solamente podían quitárselo dentro de su casa, con el perjuicio que esto conllevaba para su reputación. Una vez que terminaba su condena podían prescindir de esta prenda pero la infamia seguía: la Iglesia consideraba que no debía olvidarse así que el sambenito era colgado de la parroquia junto con los de aquellos que habían sido condenados a muerte. De esta forma, la mancha reputacional pervivía más allá del condenado alcanzando a sus parientes y descendientes. A pesar de las quejas, elevadas incluso desde las propias parroquias, la Inquisición mantuvo esta costumbre hasta el siglo XVIII.

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